La Guerra Fría también tuvo un "frente mexicano" y sus consecuencias aún se dejan sentir
Tesis
La conmemoración de la caída del Muro de Berlín hace 20 años es, entre otras cosas, la celebración del fin de una larga y peligrosa pugna entre las dos grandes superpotencias vencedoras del Eje en 1945 y, también, el reconocimiento del triunfo del "capitalismo real" sobre el "socialismo real". Y lo de "real" significa que ninguno de los dos sistemas fue lo que sus respectivos teóricos supusieron que deberían haber sido, aunque la distorsión del socialismo fue la más terrible. El fin de la llamada Guerra Fría disminuyó el peligro de un holocausto nuclear, pero el mundo no pareciera haber mejorado mucho desde entonces.
El recuerdo de lo ocurrido hace 20 años en la capital alemana pudiera parecernos algo relativamente ajeno porque nuestro país nunca llegó a ser escenario de un choque frontal entre el Este y el Oeste. Al inicio de ese conflicto México ya se encontraba plantado firmemente dentro de la esfera de influencia norteamericana y ahí ha permanecido desde entonces. Sin embargo, ese conflicto nos atañe porque tuvo efectos indirectos pero decisivos en nuestro proceso político y las reverberaciones del choque EU-URSS aún se sienten.
Por ejemplo, la Guerra Sucia y la campaña del miedo que caracterizaron la contienda electoral del 2006 se explican, entre otras razones, porque el terreno en que se dio entonces el choque entre izquierda y derecha reactivó prejuicios y mecanismos que databan de la época en que la atmósfera de la Guerra Fría envolvió a México, desde el final de los 1940 hasta inicios de los 1990.
El frente mexicano
El temor a la destrucción mutua, en caso de un conflicto directo, hizo que Estados Unidos y la URSS sólo transformaran su Guerra Fría en caliente en ciertas zonas del mundo subdesarrollado y siempre dentro de límites, pues nunca usaron sus armas atómicas (aunque hubo la posibilidad) ni sus ejércitos chocaron directamente sino con los aliados del otro.
México, aunque formaba parte del amplio mundo periférico, nunca fue teatro importante de la pugna Este-Oeste y se salvó de experiencias terribles como las de conflictos locales convertidos en pruebas de fuerza entre Washington y Moscú, como ocurrió en Grecia, Corea, Vietnam, Cuba, Angola, Afganistán o Centroamérica, por sólo mencionar algunos ejemplos notables.
En México, la rivalidad "Bloque Capitalista"-"Bloque Socialista" fue asunto que involucró directa y sistemáticamente apenas a un puñado de actores extranjeros. Las embajadas de la URSS y las de los países de la Europa del Este y Cuba tuvieron más personal del que se justificaba para atender el poco comercio y contactos con México. Por su parte, la embajada americana, y su red de consulados, siempre contó con un personal numeroso y explicable en función de la vecindad y el intercambio de bienes y personas entre el sur y el norte del Río Bravo, pero Washington también montó en México un enorme aparato para vigilar y actuar no sólo con relación a soviéticos, cubanos y agentes de la Europa del Este, sino para mantenerse en contacto con los aparatos de inteligencia mexicanos y seguir de cerca las actividades de la izquierda mexicana, desde el general Lázaro Cárdenas y Vicente Lombardo Toledano hasta miembros del Partido Comunista Mexicano pasando por personalidades, movimientos y publicaciones con actitudes más o menos progresistas y nacionalistas. A quien quiera echar una mirada rápida a la Guerra Fría en México, le puede servir acudir a libros como el de Jefferson Morley y Michael Scott, Our Man in Mexico. Winston Scott and the Hidden History of the CIA (University of Kansas, 2008).
Las raíces La lectura de los archivos norteamericanos, especialmente los del Departamento de Estado, deja bien en claro que en el arranque de la Guerra Fría, la embajada norteamericana deseaba que el sucesor de Ávila Camacho fuera una gente de su entera confianza: el secretario de Relaciones Exteriores, Ezequiel Padilla. La posibilidad de que finalmente el secretario de Gobernación, Miguel Alemán, fuera quien llegara a la Presidencia fue muy mal recibida por el embajador norteamericano George Messersmith porque éste sospechaba de las relaciones de Alemán con la izquierda y de la corrupción del personaje, ya desde entonces reconocida. La sospecha se basaba en el apoyo de la CTM de Lombardo Toledano y del general Cárdenas -ambos, según la embajada, vinculados con la URSS- a la candidatura de Alemán.
Plenamente consciente de la posición del embajador norteamericano, Alemán, en su calidad de candidato oficial, buscó que sus emisarios aseguraran al diplomático que su anticomunismo y su simpatía hacia Estados Unidos eran genuinas y tan de fondo como el que más. En cuanto Alemán asumió la Presidencia, maniobró para expulsar a Lombardo de la CTM y dejarla enteramente en manos de ese perfecto ejemplo de oportunismo que fue Fidel Velázquez. El cardenismo fue alejado de los corredores del poder, la izquierda fue vigilada y hostilizada. En reciprocidad, Alemán fue recibido con un entusiasmo sin precedentes por Harry S. Truman en Washington. Luego, las empresas petroleras norteamericanas volvieron mediante los llamados "contratos riesgo". Una relativa armonía reinó entonces en la relación Washington-México.
El sucesor de Alemán no fue el general Miguel Henríquez Guzmán -de nuevo sospechoso a ojos de la embajada norteamericana de simpatías por la izquierda y el cardenismo- sino Adolfo Ruiz Cortines (ARC). Eso no impidió que ARC fuera objeto de la presión norteamericana por su inclinación a apoyar a ciertas empresas estatales en vez de a la inversión privada. También se le hizo saber a ARC que a Washington no le agradaban sus titubeos frente a una Guatemala que pretendía un mayor grado de independencia y el desarrollo de políticas agrarias no muy diferentes de las que había seguido la Revolución Mexicana.
Al final, México simplemente vio con impotencia cómo los últimos jirones de la Buena Vecindad se los llevaban entre las patas los caballos de la intervención de Estados Unidos al sur del Suchiate en contra del gobierno legítimo de Jacobo Árbenz. Adolfo López Mateos (ALM) debió caminar en el filo de la navaja porque en los 1960 la Guerra Fría llegó aún con más fuerza a las fronteras mexicanas como resultado del giro a la izquierda de la Revolución Cubana. ALM golpeó con dureza a la izquierda -destrucción del vallejismo, encarcelamiento del muralista David Alfaro Siqueiros y el asesinato de Rubén Jaramillo y su familia- pero eso no impidió que Washington viera mal su nacionalización de la industria eléctrica y le obligara a tener que hacer malabarismos para decir "sí, pero no" y "no, pero sí" en relación con el principio de no intervención en el caso cubano.
A Gustavo Díaz Ordaz su anticomunismo le valió que al final de octubre de 1968 el presidente norteamericano, Lyndon Johnson, le felicitara por la buena organización de los Juegos Olímpicos, que no dijera una palabra en relación con la masacre de estudiantes el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas y que diera por buena la tesis oficial mexicana de que el 68 había sido una conspiración y una provocación comunista pese a que los reportes internos de la CIA no avalaron esa versión.
Luis Echeverría irritó mucho al gobierno norteamericano con su retórica tercermundista, pero, según lo señaló en su libro de 1975 el ex agente de la CIA, Philip Agee -Inside the Company: CIA Diary (Bantam Books)-, Echeverría también era Litempo 14, un informante de los servicios de inteligencia norteamericanos desde su época de secretario de Gobernación. La Guerra Fría, como muchas otras, fue un terreno ideal para actuar en varias pistas. La Revolución Nicaragüense llevó a José López Portillo a hacer jugar a México el papel de "potencia intermedia" respaldada por su petróleo, pero la dureza de Ronald Reagan y la crisis económica de 1982 hicieron que tal empeño concluyera en desastre.
En el penúltimo año de la Guerra Fría, el PRI y la derecha mexicana, con el apoyo explícito del embajador norteamericano, Charles Pilliod, montaron con éxito en 1988 la defensa del fraude electoral que había impedido a Cuauhtémoc Cárdenas, cabeza de una izquierda muy moderada, llegar al poder y que, en cambio, se afirmaran en la Presidencia Carlos Salinas y el neoliberalismo. Salinas se convirtió en el arquitecto de un tratado de libre comercio con Estados Unidos que ligó, como nunca antes, nuestra economía a la norteamericana.
En conclusión
La Guerra Fría nos atañe directamente porque también se libró en el frente mexicano y contribuyó mucho a conformar el México de la segunda mitad del siglo XX. A 20 años de distancia aún vivimos con su legado.
El muro, la Guerra Fría y nosotros
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'Política o quién consigue qué, cómo y cuándo'
Pocas veces se puede ver de manera tan clara lo que es la esencia de la política como en la batalla por los impuestos. Ganó la minoría y perdió la mayoría
Pérdida
Una situación de crisis es, desde luego, una donde la normalidad se pierde y con consecuencias muy negativas. Sin embargo, esa desaparición de la normalidad también puede servir para intentar crear una situación nueva, superior a la perdida. Eso pudo pasar en México en materia fiscal, pero no pasó. El hacer frente al desastre de las finanzas públicas pudo llevar al gobierno, en un acto de desesperación, a intentar la "huida hacia delante" o sea a una reforma fiscal de fondo, pospuesta desde hace medio siglo. Desafortunadamente ni el gobierno federal, ni los gobernadores, el Congreso, los partidos o los "poderes fácticos" estuvieron a la altura. Así, nuestro desastre económico sólo sirvió para reafirmar lo que ya estaba mal. De nuevo, la clase política mexicana no estuvo a la altura de sus circunstancias.
La naturaleza de la política en la práctica
Lo que acabamos de presenciar en el Congreso en torno a la elaboración y aprobación de la Ley de Ingresos para el año próximo no es más que un indicador, pero muy significativo, de lo que es la esencia de la política aquí o en cualquier otro lugar y tiempo. Y si el espectáculo resultó grotesco de principio a fin y su resultado altamente insatisfactorio para el ciudadano común, ello se debió a que la naturaleza misma de la política mexicana es igualmente grotesca, insatisfactoria, corrupta y abiertamente sesgada en favor de las minorías privilegiadas.
Una vez más resultó evidente que para quienes tienen el control de las estructuras de poder en México lo más importante -lo único importante- es el corto plazo y la ganancia personal o, cuando más, la del pequeño grupo con el cual libran la dura lucha por el acceso a los puestos públicos y el manejo de los dineros gubernamentales. Ahora, además, en la manufactura de la política fiscal también son importantes los premios o castigos que puedan dar los grupos de interés y de presión a aquellos legisladores que actúen o se resistan a sus demandas.
Una definición
En 1935 Harold D. Lasswell, un politólogo norteamericano, publicó -en plena Gran Depresión y como reflejo de la misma- un libro cuyo título fue, también, una definición: Política o quién consigue qué, cómo y cuándo. Un par de decenios más tarde, David Easton, politólogo canadiense de la Universidad de Chicago, elaboró otra definición de política muy parecida pero dentro de un marco teórico -el análisis de sistemas- y que hoy viene como anillo al dedo para explicar lo que está pasando con la política fiscal mexicana. Desde la perspectiva eastoniana, la política es ese conjunto de procesos en virtud de los cuales quienes controlan las instituciones de autoridad pública deciden cómo se han de asignar o repartir los recursos escasos de que dispone una sociedad. Desde esta perspectiva, es la política y no la economía la que resuelve qué es lo que se deja para que el mecanismo del mercado -la supuesta mano invisible- asigne y qué es lo que la muy visible mano del Estado distribuye directamente.
Los recursos a distribuir por la autoridad son, básicamente aunque no exclusivamente, materiales. Sin embargo, lo más enconado de la lucha política tiene lugar en el proceso por extraer directamente una parte de la riqueza de la sociedad -Ley de Ingresos- para entregarla a la autoridad para que ésta la use -el presupuesto- para su manutención y reproducción y el remanente lo convierta en bienes y servicios para la colectividad a fin de obtener su apoyo. Obviamente, en este proceso siempre hay quienes ganan más de lo que pierden y viceversa: ése es justamente el corazón de la política, de la lucha por el poder y de la siempre vigente lucha de clases.
El punto de partida
En el contexto mexicano actual, y para entender lo descarnado de la política fiscal, se tiene que empezar por el hecho de que una parte de la sociedad -minoritaria pero significativa- sigue sin reconocer la legitimidad de aquellos que tienen a su cargo la iniciativa para la elaboración del esquema de recaudación de impuestos. El origen de ese rechazo a la estructura de autoridad fue la forma en que se llevaron a cabo las elecciones presidenciales del 2006, que no correspondió ni a la letra ni al espíritu de una competencia electoral leal. El tiempo ha pasado pero la parte agraviada sigue sin aceptar el resultado de la elección, de ahí la dureza de su oposición al paquete fiscal que se presentó al Congreso.
Otro elemento determinante para explicar lo que acaba de ocurrir en las Cámaras legislativas es que el fisco mexicano es particularmente débil. Si se descuentan los recursos petroleros, los impuestos apenas si llegan a representar el 10 por ciento del PIB, proporción muy baja en el contexto mundial. Es por eso que desde fines de los 1970 un recurso natural estratégico y no renovable, el petróleo, se ha estado empleando de la peor forma posible: para financiar el gasto corriente. Sin embargo, la baja producción y precios del petróleo han llevado a que éste ya no aporte lo que antes.
La incapacidad del fisco para hacer frente a sus obligaciones -le faltan alrededor de 300 mil millones de pesos anuales- también se debe a los desastrosos efectos en la economía mexicana de la gran crisis mundial que estalló en el 2008. Y esos efectos -una caída del PIB del 7 por ciento este año- han sido tan duros por varias razones, entre ellas la decisión de Carlos Salinas de Gortari de unir a México a un solo mercado internacional: al estadounidense. Cuando en 2008 la economía norteamericana se vino a pique, la mexicana, ya muy dañada, le siguió pero magnificando el desastre por su debilidad intrínseca y por el mal manejo de un gobierno que la creyó "blindada" (?).
Justicia
El decidir quién paga o deja de pagar qué impuestos depende de la relación de fuerzas dentro del sistema político. Hoy el control del gobierno federal por el PAN, el predominio del PRI en los gobiernos estatales que cada vez absorben más recursos fiscales (el 38 por ciento) y el control del PAN y el PRI del Congreso hacen que esos dos partidos, que desde hace tiempo representan los intereses de los grupos económicamente poderosos, hayan decidido hacer recaer el peso de un aumento de impuestos en las clases y grupos política y económicamente más débiles: en la enorme mayoría.
Igualdad para los desiguales y algo más
El gobierno propuso y consiguió después de algunos forcejeos que el PAN y el PRI aceptaran un aumento en el IVA -un impuesto inequitativo porque lo pagan igual los desiguales pero relativamente fácil de cobrar y administrar-, un aumento en el ISR y algunos más. Pero lo realmente importante fue que, sorpresivamente, en medio del debate, Felipe Calderón aceptó públicamente lo que desde hace tiempo había ya señalado Andrés Manuel López Obrador (AMLO): que cuatro centenares de grandes conglomerados pagan poco o nada de ISR, haciendo uso de una legalidad injusta, puesto que sólo puede ser usada por el gran empresario y no por contribuyente común: aglutinar las ganancias de unas de sus empresas con las pérdidas de otras para salir "tablas" y, además, diferir por años el pago de impuestos hasta lograr, en algunos casos, su condonación. Calderón no dio nombres pero AMLO sí, usando datos de la BMV: Cemex, Carso, Televisa, Maseca, Banamex, Bancomer, Banorte, HSBC, Inbursa, Kimberly Clark, Bimbo, Walmart, FEMSA, etcétera.
Calderón hizo la denuncia de la falta de solidaridad de los muy ricos, pero hasta ahí se quedó, pues no propuso remedio alguno, él que puede y debe hacerlo. Por otro lado, se siguieron acentuando los privilegios al proponer los legisladores que a aquellos que se van a beneficiar de las nuevas concesiones del espectro radioeléctrico -un bien que nos pertenece a todos- no se les cobre nada en un primer momento, con lo cual se les regalan más de 5 mil millones de pesos.
Conclusión
En teoría, el pago de impuestos debe hacerse, en primer lugar, como un deber moral del ciudadano: un acto de solidaridad con la comunidad, donde el que más tiene es el que más contribuye. Sin embargo, en México ese argumento es imposible de sostener. En primer lugar, por la ineficiencia y corrupción de las autoridades. En segundo lugar, porque la estructura impositiva misma es, al igual que la distribución del ingreso, un anuncio de -un monumento a- la falta de solidaridad colectiva. Un indicador que nos dice que a 200 años de haberse iniciado el movimiento de Independencia, la esencia de la etapa colonial se mantiene casi intacta, y que México es una estructura de carácter social, político y económico diseñada, en primer lugar, para la explotación de los muchos por los pocos.
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¿México un modelo? ¿Para quién?
Ahora resulta que lo único políticamente interesante de México es su pasado, pero moralmente éste es inaceptable
¿A quién le puede interesar nuestro ejemplo?
El tamaño del fracaso político del México de hoy lo da el hecho de que nadie considere al actual proceso mexicano como un caso a imitar. Sin embargo, resulta que en algún lado a alguien le parece interesante reexaminar, de cara al futuro, el modelo anterior, ese que creíamos deslegitimado y superado: ¡el priista y autoritario! Lo anterior se desprende de una pequeña pero reveladora referencia aparecida en la prensa extranjera.
En su tiempo, el México de la Revolución y su régimen fueron considerados fuente de inspiración por algunas corrientes nacionalistas y progresistas de América Latina. La posrevolución atrajo el interés del otro extremo, de la derecha, como resultado de la aparición de la Revolución Cubana. Entonces ciertos círculos norteamericanos vieron en el México de los 1960 una alternativa frente a Cuba, pues su sistema se presentó como revolucionario pero democrático, con una mezcla adecuada de economía de mercado y estatal y con una política exterior independiente. Hoy no hay nada semejante. Ni a la derecha ni a la izquierda o a lo que está entre ambas les parece que haya algo original y positivo en un país que llegó tarde a la transición democrática y que lo hecho a partir de entonces carece de calidad e incluso viabilidad.
Actualmente, los mexicanos que se interesan en lo que sucede allende las fronteras tienen plena conciencia de que nuestro país ya no puede ser visto como paradigma por nadie y, en cambio, miran con interés y cierta envidia el proceso brasileño. En realidad, esa envidia mexicana que aflige desde empresarios hasta ciudadanos de a pie frente al éxito brasileño ya se nota y mucho. Por ejemplo, The Economist (17 a 23 de octubre) señala con algo de sorna que hoy "En México la envidia con relación a Brasil es más intensa que nunca". Y es que si bien el gigante sudamericano tiene muchos de los problemas que nosotros tenemos, en él domina el optimismo y un proyecto de futuro, en tanto que acá campea el pesimismo y una sensación de ir a la deriva.
La raíz de la diferencia de actitudes en Brasil y México se explica no sólo porque mientras la economía del primero va hacia adelante la nuestra retrocede, sino también porque Brasil cuenta con un liderazgo político de gran calidad y México no. En el reinicio de su vida democrática los brasileños se toparon con un gran fracaso llamado Fernando Collor de Melo -de derecha y corrupto-, pero que pudo ser superado mediante su destitución en 1992. Luego, el par de presidentes que desde 1994 ha habitado en el Palacio do Planalto -Fernando Henrique Cardozo y Luis Inácio Lula da Silva- ha resultado excepcional. El primero, un académico de fama mundial que se convirtió en hombre de acción; el segundo, un líder obrero sin educación formal pero con una personalidad y sensibilidad formidables que le permitieron llegar a una posición hasta entonces vedada a los de su clase. Ambos resultaron figuras a la altura de sus desafíos históricos. En contraste, los dos últimos jefes del Ejecutivo mexicano simplemente sorprenden por la mediocridad de su personalidad, su idea de la política y sus colaboradores, por su falta de sensibilidad social y su tolerancia de la corrupción e injusticia.
En las condiciones actuales, nuestro país no puede ser interesante para nadie. Y sin embargo, el Financial Times (19 de octubre), al abordar el caso de otro país que fue modelo para muchos pero que hoy ya no lo es -Rusia-, señala que en ese enorme país al que actualmente lo mantiene a flote su riqueza petrolera y el duro puño de Vladimir Putin hay quienes se interesan por estudiar el exitoso modelo chino -un partido comunista que mantiene el control total de la política y un sistema económico exitoso, mezcla de capitalismo salvaje y estatismo. Ahora bien, además del modelo chino, al círculo de Putin le interesan otros dos casos: Japón, donde un solo partido -el Liberal Democrático- dominó la escena política desde 1955 hasta hace apenas unas semanas, y el México del PRI, donde también un solo partido dominó la vida política desde su creación en 1929 hasta el 2000. Se trata, como lo señala el diario británico, de un par de países donde, bajo una apariencia democrática, funcionó un sistema de partido único: ¡el ideal de Putin!
Lo ejemplar de México: su autoritarismo
La pregunta del inicio: ¿quién se puede ocupar del modelo mexicano?, tiene como respuesta: los interesados en el sistema que prevaleció en México hasta antes del 2000; ese viejo modelo aún despierta interés entre los autoritarios. Y es que el sistema priista fue uno de los no democráticos más longevos y, en ese sentido, más exitosos del siglo XX.
El grupo que crearía al PRI en 1929 llegó al poder 13 años antes, por la vía armada y montado en el triunfo del carrancismo. En virtud de lo anterior, se puede afirmar que monopolizó el poder por 84 años ininterrumpidos, hazaña no igualada en el siglo pasado por ningún otro grupo político en el mundo. Los bolcheviques rusos, por ejemplo, se hicieron del poder a fines de 1917, es decir, un poco después que los carrancistas y lo perdieron en 1991, nueve años antes que los herederos del carrancismo.
Desde la perspectiva anterior, la longevidad del autoritarismo priista es mayor que la del totalitarismo soviético, de ahí el comprensible interés de algunos en el círculo de Putin por conocer la naturaleza del sistema político mexicano del siglo pasado. Y ese interés debería aumentar si los rusos toman en cuenta que, mientras el PC soviético dejó de existir al perder el poder, el PRI no, pues en más de la mitad de los estados ha sobrevivido intacto. Finalmente, los interesados en desen- trañar los secretos de autoritarismos de carrera larga se impresionarán más por el caso mexicano si toman en cuenta la recuperación del PRI en las elecciones del 2009 y, sobre todo, si el viejo partido creado por Plutarco Elías Calles recupera el poder en 2012. Y es aquí donde el tema cobra gran importancia ya no para los rusos sino para los mexicanos.
¿El PRI o el pasado como futuro?
Se comprende que en la Rusia actual se pueda considerar un avance pasar de la estabilidad totalitaria de Stalin o Breshnev a una posible estabilidad de corte autoritario, pero en México eso significaría un retroceso. Sin embargo, el triunfo electoral del PRI en las elecciones intermedias de este año, combinado con la debilidad de una izquierda dividida, abre la posibilidad de que una mayoría ciudadana, por ahora sólo relativa, decida reaccionar al fracaso panista aceptando como verdad un viejo proverbio conservador: "más vale malo por conocido que bueno por conocer".
Es posible que en las 13 o 14 eleccio- nes estatales del año entrante el PRI avance en su recuperación. Sin embargo, lo verdaderamente dramático -y traumático- sería que esa circunstancia fuera el anuncio de que esa mayoría relativa dará su voto a quien gane la contienda interna priista en curso. Y es que a estas alturas todos los precandidatos del PRI para el 2012 -Enrique Peña Nieto, Manlio Fabio Beltrones, Beatriz Paredes, etcétera- fueron forjados en la antigua fragua antidemocrática. La derrota del 2000 no llevó al PRI a cambiar su esencia. El que fuera un partido de Estado sigue comportándose acorde a su naturaleza original. Una prueba de ello se tiene al examinar cómo procesaron sus crisis políticas los actuales gobiernos priistas de Puebla y Oaxaca. Mario Marín y Ulises Ruiz actuaron en sus respectivas coyunturas críticas de la misma manera en que lo hicieron antaño todos los gobiernos priistas. En Veracruz o el estado de México -otro par de notables feudos priistas- la política cotidiana no presenta diferencias mayores respecto de lo que era la norma nacional antes del 2000.
Es verdad que si dentro de tres años el PRI llegara a recuperar el poder a nivel nacional, su conducta como responsable del gobierno ya no podría ser una exacta réplica del pasado porque tendría que actuar en un entorno político distinto al existente en la época del priismo clásico. Sin embargo, no hay que confiarnos. Las grandes instituciones de la democracia como el IFE o el IFAI ya no son lo que fueron: han perdido calidad. Y la sociedad mexicana, con una cultura política moldeada por una historia no democrática e influida por unos medios de información electrónicos de igual naturaleza, no necesariamente estaría en la posibilidad y con la voluntad de impedir el retorno de las prácticas tradicionales priistas, sobre todo si éstas se le presentan como precondición para recuperar lo perdido: seguridad, empleo, estabilidad y proyecto de largo plazo.
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Los spots que cambiaron una votación
La herencia del 2006 no es sólo la profundización de las grandes divisiones políticas sino el incentivo para ganar el 2012 vía la creación de un "pánico moral"
Heridas y cicatrices
Por sí mismos y en condiciones normales, dos spots televisivos no pueden dividir a una sociedad. Sin embargo, en condiciones de confrontación, distorsión informativa y debilidad institucional, sus efectos pueden ser demoledores y México es un ejemplo perfecto.
En la memoria política de los individuos y de las colectividades, los agravios pasados siempre dejan cicatrices; es inevitable y es parte del proceso de aprendizaje. Esas cicatrices -por ejemplo, la causada en la memoria colectiva mexicana por la guerra con Estados Unidos- forman parte de su historia, de su personalidad y, a veces, hasta de su orgullo o vergüenza pero no impiden su desarrollo normal. No obstante, cuando el agravio aún es herida abierta, entonces es un obstáculo para la convivencia normal y constructiva. Ése es todavía hoy el caso del proceso electoral del 2006 en México. Para la izquierda mexicana, o simplemente para aquellos que realmente se consideran comprometidos con los principios y objetivos de la democracia política, se van a requerir años y algo más para hacer de esa herida -la manera en que se llevó a cabo la campaña electoral y la forma en que se procesó la elección- una mera cicatriz. En cualquier caso, el evento y sus consecuencias quedarán registrados en la memoria histórica de nuestro proceso político de manera similar a lo ocurrido en 1988 en el caso de Cuauhtémoc Cárdenas, en el de Miguel Henríquez en 1952, en el de Juan Andrew Almazán en 1940 o de los acontecimientos potosinos de 1961 y 1991 en torno al movimiento democrático encabezado por el doctor Salvador Nava.
La historia como juez
A veces el paso del tiempo convierte los momentos traumáticos en historias que se refuerzan en su juicio. En otras ocasiones, los juicios son contradictorios, haciendo que la lucha se perpetúe. Lo publicado en torno a los eventos de 1968 es ejemplo de lo primero, y lo producido como resultado del levantamiento zapatista de 1994 lo es de lo segundo.
El humo y el polvo que produjo el choque electoral del 2006 aún no se asienta del todo pero lo ocurrido entonces ya está reflejándose en la página escrita. Por ejemplo, el libro de Luis Carlos Ugalde, Así lo viví, es un intento de justificación de lo ocurrido en el 2006. En contraste, 2006: hablan las actas: las debilidades de la autoridad electoral mexicana es la investigación de José Antonio Crespo sobre los resultados asentados en las actas electorales de la jornada de ese año -únicos documentos de acceso al público pero que de manera indirecta nos acercan a lo que pudo ser el resultado real de la elección. En este trabajo, Crespo contradice a Ugalde pero sin apoyar ni la posición del ganador -Felipe Calderón- ni la del principal perdedor -Andrés Manuel López Obrador (AMLO)-, sólo demuestra que, con los datos disponibles -las actas-, es imposible saber quién ganó y quién perdió en las urnas.
En este año acaba de aparecer otro trabajo, el de Javier Treviño Rangel, que ahonda en el análisis del 2006 por otra vía: la del examen y consecuencias del tipo de campaña electoral que se realizó entonces y cuya característica central fue la creación, mediante el uso de la televisión, de una atmósfera de miedo ante la posibilidad de que, como lo indicaba el grueso de las encuestas de opinión, triunfara la opción de izquierda encabezada por AMLO. El trabajo se titula "Pánico moral en las campañas electorales de 2006: la elaboración del 'peligro para México'", Foro Internacional (No. 197, Vol. XLIX, 2009 [3], pp. 638-689).
El punto de partida es claro: Vicente Fox como candidato pudo tomar el aeropuerto de Guanajuato, amenazar con no reconocer una derrota que fuera menor del 10 por ciento, exigir a Ernesto Zedillo no intervenir en la campaña electoral, llamar a su adversario "chaparro" o "mandilón" y al conjunto priista "tepocatas" o "víboras prietas" y amenazar con una movilización de panistas si los órganos electorales le atribuían a su adversario una victoria por un margen menor al 3 por ciento. Esta posición no fue motivo de escándalo. En contraste, cuando AMLO llamó "chachalaca" a Fox y le exigió no ser activo en la lucha electoral, se le vino el cielo encima y se le calificó de "peligro para México". ¿Por qué raseros tan distintos del electorado para actitudes políticas similares?
'Pánico moral'
El concepto de pánico moral (PM) es el instrumento que Treviño Rangel utiliza para explicar la exitosa construcción de AMLO como un "peligro para México". El concepto fue propuesto por Stanley Cohen y empleado para entender por qué ciertos tipos de músicos de Rock generaron temor sin fundamento en los sectores más conservadores de la sociedad británica en los 1960.
Los PM, señala Treviño, "emergen en las sociedades cuando un episodio, persona o grupo son definidos como una amenaza a ciertos valores o intereses sociales. Suponen un miedo irracional fuera de control [y] su naturaleza se presenta a través de los medios de manera estereotipada. Políticos, periodistas u otros actores interesados (obispos o empresarios) comienzan una cruzada moral, un despliegue de mecanismos de control social, para detener la amenaza. Expertos acreditados socialmente (editorialistas y académicos) emiten diagnósticos y distintas soluciones. Ulteriormente, el pánico desaparece dando paso a otros temas..." (pp. 644-645). Como se ve, hoy esto del PM está asociado a las actividades de los medios masivos de información, especialmente a la televisión, fuente del conocimiento político de más del 60 por ciento de la población.
Como muestran los indicadores -encuestas de opinión- citados por Treviño, desde 2000 hasta marzo de 2006, AMLO llevaba la delantera en la lucha por suceder a Fox en la Presidencia. Sin embargo, entre los días 12 y 18 de ese mes, sin que nada objetivo hubiera cambiado pero manipulando muy bien el calificativo de "chachalaca" que AMLO había usado contra Fox para exigirle que cesara en el uso ilegal de la Presidencia para fines partidistas, los calderonistas crearon un muy efectivo PM que terminó por reducir o anular la ventaja de AMLO.
El PM del 2006 se montó sobre ideas preestablecidas muy conservadoras, especialmente entre la clase media, y las reactivó con un par de spots de televisión (el de los ladrillos cayendo y el que vinculó a AMLO con Hugo Chávez, el mandatario venezolano y previamente demonizado) sin importar que las acusaciones contenidas en esos mensajes no fueran avaladas con algún tipo de sustento empírico.
Quienes manufacturaron y presentaron los spots contra AMLO sabían bien tres cosas que los estudios al respecto habían ya demostrado: a) la información negativa es más sobresaliente que la positiva, b) la retención de los eventos negativos es mayor que la de los positivos y c) el efecto de las campañas negativas se mantiene por más tiempo en el público. Esos mismos estudios también han demostrado que "el que pega primero pega dos veces", es decir, la evidencia disponible muestra que, en cualquier contienda electoral, los primeros spots negativos son los que tienen mayor influencia y, de hecho, quien primero ataca por esta vía marca la agenda posterior. La respuesta del atacado puede ser similar pero ya no tiene el mismo efecto en la imaginación colectiva. Este efecto irreversible de lo negativo inicial hace que si la autoridad electoral, el IFE en nuestro caso, decide obligar al atacante a retirar sus spots, esa decisión ya no tenga importancia, pues el efecto inicial, el que cuenta, ya operó.
Los efectos de la campaña del miedo en torno a AMLO fueron magnificados por un manejo premeditado de las noticias de la televisión, donde el marco en que se presentaba la información electoral había quedado establecido por las premisas y efectos de la campaña negativa. Era problema del acusado -de AMLO- demostrar que era inocente, que no era el monstruo en que se le había convertido, y eso le resultó imposible.
Efectos futuros
La campaña panista aprovechó bien la naturaleza conservadora de la sociedad mexicana y los grandes sedimentos que dejó la Guerra Fría. El PAN se mantuvo en el poder "haiga sido como haiga sido". Sin embargo, esa peculiar forma de revertir lo que parecía una victoria de la izquierda afectó a la endeble democracia mexicana; no la fortaleció, la debilitó.
Es seguro que la campaña del 2012 partirá de las lecciones que a todos dejó la de seis años antes. Nadie intentará darse el lujo de pretender ganar "por la buena". Ya están los incentivos para crear otros "pánicos morales". Todo permite suponer que dentro de tres años, y gracias a la herencia panista, de nuevo podrá ganar no el mejor a secas sino el mejor "apanicador" de los mexicanos.
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