El que hoy es el país más pobre del continente demanda transformar una catástrofe natural en voluntad de justicia
Nada está escrito de antemano
Lo que acaba de suceder en Haití -el terremoto y sus consecuencias- es el último episodio de una tragedia que muestra, por si hiciera falta, que los procesos históricos son indiferentes a la idea de lo justo. Si en nuestro hemisferio alguna sociedad debería haber corrido con mejor suerte política y económica de la que tuvo, es precisamente el país más pobre del continente: el que hoy ocupa la parte occidental de la isla que una vez se llamó "La Española".
Una característica fundamental de los procesos de la naturaleza es su completa indiferencia hacia el dolor y hacia lo que nosotros entendemos por moral, por el deber ser y la compasión. En el estado de naturaleza la regla es que el pez grande se come al chico y que el fuerte sobrevive y el débil perece. En las sociedades animales de alto desarrollo funciona la cooperación pero no la solidaridad ni el altruismo: cuando el beneficio común no se da, la sociedad se disuelve.
Por algún tiempo, el proceso de evolución de las especies se explicó por una meta última de todo lo viviente: el perfeccio- namiento constante. Hoy, los biólogos han abandonado esa idea y ven a la evolución como un mecanismo de adaptación que tiene mucho de azar y que carece de propósito final. Desde esta perspectiva, nada está definido de antemano.
La idea de progreso
Desde tiempo inmemorial, desde que cobró conciencia de lo precario de su existencia, el hombre buscó una razón de ser y la encontró en esa diversidad de dioses que registra la historia. Sin embargo, en la civilización occidental se fue elaborando otra respuesta paralela o alternativa: la idea del progreso. Según esta perspectiva, la marcha de la historia no es cíclica ni está dominada por el azar, sino que tiene un sentido y una finalidad última. Esta visión optimista del acontecer humano como progreso se elaboró durante la Ilustración, se afianzó con Hegel y se independizó de cualquier elemento religioso con Marx. Este último supuso que por la vía del choque milenario entre las clases el mundo llegaría a la etapa de la verdadera historia, a esa donde ya no existiría la propiedad capitalista, la explotación ni el dominio de una clase o grupo sobre otros -por eso el Estado y la política desaparecerían-, y la naturaleza sería definitivamente conquistada por el hombre y sometida mediante la ciencia y la tecnología al punto que entonces, y sólo entonces, la verdadera esencia humana tendría posibilidad de expresarse.
La visión radical del progreso y por tanto de la seguridad sobre el futuro ya perdió fuerza; está a la defensiva. Las sociedades no pueden confiar en razones metafísicas que les aseguren un futuro mejor que el pasado y el presente. Es el esfuerzo humano consciente lo único que puede llevar a un arreglo colectivo mejor, pero la mala fortuna o el predominio de intereses particulares sobre los generales pueden conducir al retroceso y al fracaso de la empresa colectiva sin importar lo injusto del hecho. Así, un conflicto nuclear o una continuación del abuso del medio ambiente pueden terminar con la historia humana misma.
Un ejemplo de injusticia histórica
Haití no ha visto la suya desde que tuvo lugar el brutal encuentro entre los europeos y la población nativa en el 1492. Los pobladores originales fueron arrasados por los españoles mediante tres vías: el exterminio directo, el trabajo extremo y la enfermedad. Luego vinieron los franceses, que en el siglo XVIII convirtieron esa parte de la isla en la colonia más productiva del mundo al combinar el clima con las plantaciones de azúcar y café destinadas a satisfacer la demanda de "commodities" de un mercado mundial en expansión con el trabajo esclavo africano de gran intensidad.
Hay que tener en cuenta que el comercio mundial de estos esclavos alcanzó su apogeo en el decenio 1783-1793, es decir, justo cuando estalló la gran rebelión de los trabajadores esclavizados en Haití. Las tropas de Napoleón trataron pero no pudieron imponerse sobre sus antiguos cautivos y para 1803 perdieron de manera definitiva el control del occidente de la isla, de la joya económica del imperio francés de ultramar. En 1804 el medio millón de antiguos esclavos africanos declaró la independencia de su territorio bajo el nombre que le habían dado los habitantes originales, los eliminados tres siglos atrás: Haití. Se trató de la única rebelión de esclavos que culminó su triunfo con la formación de un país: ¡un éxito impresionante!, si se le compara con México, en donde el esfuerzo de los insurgentes terminó en derrota militar y donde la independencia sólo fue posible años después, en 1821, gracias a que los criollos antiinsurgentes se volvieron contra su rey.
Una victoria muy amarga
En 1804 los antiguos esclavos franceses le dieron un sentido profundo a eso que la revolución en París había proclamado antes pero, desde luego, sin incluir a sus esclavos africanos en El Caribe: libertad, igualdad y fraternidad. Sin embargo, Francia y el resto del mundo de los imperios le hicieron pagar muy caro su logro. Estados Unidos, por ejemplo, no reconoció a la nueva nación sino hasta 1862 porque ¿cómo iba a recibir la Casa Blanca un embajador negro si en Washington los negros eran aún esclavos? Francia, por su parte, exigió en 1825 a sus antiguos explotados que le pagaran 150 millones de francos como condición para su reconocimiento: ¡quienes robaron la libertad de los africanos les cobraron para retornársela!
Y es aquí donde la historia se torna particularmente injusta. El Haití independiente estaba formado por individuos que fuera de su condición de antiguos esclavos tenían muy poco en común. Los franceses no habían fomentado que los trabajadores forzados echaran raíces, era más económico trabajarlos sin descanso hasta la muerte y reemplazarlos de inmediato por otros recién capturados, que permitirles formar familias y tener hijos, eso era demasiado costoso. Así, al asumir su independencia, y a diferencia de experiencias coloniales como la mexicana, los haitianos independizados no tenían historia en Haití, nada equivalente a los pueblos indios de México. Sin identidades culturales, y con la antigua economía en ruinas, los haitianos terminaron por abandonar la odiada economía de plantación -hoy, el azúcar la importan- y la guerra civil -en parte una lucha entre mulatos y negros- se convirtió en la casi inevitable conclusión de la magnífica victoria de los esclavos sobre los amos. La mala relación entre Haití y su vecino, la República Dominicana, tampoco ayudó al buen desarrollo del país de los descendientes de los que se habían liberado a sí mismos. Entre 1843 y 1915, año en que Estados Unidos ocupó Haití, hubo una veintena de gobiernos donde las sucesiones fueron marcadas por represión, rebeliones y asesinatos. El desarrollo económico en esa situación simplemente fue imposible y la cultura de la pobreza echó raíces hondas.
La ocupación norteamericana duró hasta 1934, pero como tuvo lugar en una época de fuerte racismo en el país ocupante, ese par de decenios no sirvieron para darle una segunda oportunidad a la independencia haitiana. Más tarde, la Guerra Fría propició que las dictaduras de Francoise Duvalier, "Papa Doc", y de su hijo (1957-1986) fueran aceptadas como funcionales para los intereses de Washington en El Caribe. El último descalabro político de la sociedad haitiana fue el fracaso de Jean-Bertrand Aristide, el cura salesiano que llegó con un enorme apoyo popular a la Presidencia en 1990 como resultado de las primeras elecciones realmente libres en el país, pero que finalmente no supo estar a la altura de su gran responsabilidad y oportunidad históricas.
El terremoto del 2010 encontró a Haití como la nación más pobre del Hemisferio Occidental y necesitada de la presencia de una fuerza estabilizadora de las Naciones Unidas para darle un mínimo de fuerza a un Estado que por sí solo era incapaz de mantener el orden y el mínimo de servicios en un país de 10 millones de habitantes, básicamente rural y devastado por la miseria y los efectos de huracanes sobre una geografía previamente destruida por la deforestación.
El futuro
La historia de Haití -único país moderno nacido de una exitosa rebelión de esclavos- demanda de sus antiguas metrópolis, de los países de nuestro hemisferio y del resto de la comunidad internacional un esfuerzo extraordinario para transformar una catástrofe en un punto de inflexión, y que se empiece a pagar la enorme deuda que significó la inhumanidad de la esclavitud. Serían de desear que hoy surja la voluntad para que el mundo obligue a la historia a dejar de ser indiferente y se haga justicia en Haití.
La historia y su brutal indiferencia
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La inercia, gran adversario
Las sociedades pueden manifestarse por el cambio, pero las inercias buscan tener la última palabra.
El punto de partida
La inercia se puede definir como la resistencia de un objeto o de una situación a cambiar de posición o, si está en movimiento, de dirección. En los procesos sociales, las inercias no son ni buenas ni malas por sí mismas, todo depende del contexto. Ahora bien, cuando el objetivo de un actor político individual o colectivo es cambiar el curso de una sociedad, las inercias, que tienden a favorecer los intereses creados, pueden resultar un obstáculo formidable. Hasta el momento, en México y en materia política y social, las inercias han salido vencedoras frente a los intentos de cambio. Ahora bien, la resistencia a la transformación ocurre en todas las sociedades. Un ejemplo de libro de texto lo vemos ahora mismo con un país cercano: Estados Unidos. Conviene examinar el caso del vecino para luego volver la vista sobre nuestra propia experiencia.
Obama: sus alcances y límites
No hay duda de que la decisión de apoyar al senador Barack Obama -un norteamericano nacido en Hawai de padre africano- como candidato del Partido Demócrata a la Presidencia, por sobre otros personajes disponibles a inicios del 2008 -los otros iban del ex senador John Edwards al gobernador Bill Richardson pasando por la senadora Hillary Clinton-, fue una prueba innegable de la voluntad y sed de cambio de una parte de la sociedad norteamericana. Con la candidatura de Obama, la parte más ilustrada de los norteamericanos superó siglos de discriminación contra los afroamericanos a la vez que se pronunció por una política diferente a la dominante, una que sacara al país de la gran recesión en que habían caído, que apoyara a los que menos tenían y que abandonara el pantano militar en que los neoconservadores se habían metido tras las invasiones de Afganistán e Iraq. El opositor de Obama también puede ser visto como expresión de un deseo de cambio dentro del Partido Republicano, pues el senador McCain no era el candidato más conservador y, sobre todo, no era el que más se identificaba con la línea política del presidente saliente.
Por todo lo anterior y tras el triunfo de Obama, había razones para pensar que el cambio en Estados Unidos sería el distintivo de la nueva administración, y que ese cambio progresista podría contagiar a otros países. Sin embargo, a un año de distancia es claro que ése no ha sido el caso. Obama sí ha significado un cambio positivo, pero no de la envergadura que él prometió. La gravedad de la crisis económica obligó al nuevo Presidente a dar prioridad al rescate de los poderosos grupos financieros responsables de esa crisis y a la industria automotriz y el combate al desempleo quedó en un lugar secundario. El gran proyecto de reforma del sistema de salud ha encontrado una total resistencia de los republicanos y de los demócratas conservadores. Si finalmente se aprueba esa reforma -lo que no es seguro porque los demócratas acaban de perder un escaño en el Senado-, se beneficiarán 30 millones de norteamericanos pero seguirán quedado desprotegidos varios millones pues no se logró la cobertura universal deseada. La reforma migratoria demandada por la comunidad hispana para los indocumentados se ha quedado en el cajón de lo pospuesto.
En política exterior la situación es similar. Obama ha mejorado las relaciones con Rusia y China y se ha comprometido a salir de Iraq y dejar que ese país semidestruido se las arregle como pueda. Sin embargo, en Afganistán Obama ya hizo suya una guerra imposible, pues es una lucha no sólo contra Al Qaeda sino contra una fuerza nativa mayor y muy arraigada: el talibán. La oferta de un Estados Unidos que dice buscar un acercamiento con el mundo árabe se quedó sin sustento porque Obama no puede evitar que Israel siga construyendo asentamientos en terrenos palestinos. En Irán y Corea del Norte sus respectivos gobiernos no reaccionaron a la oferta de negociación hecha por el nuevo líder americano.
En la cumbre de Copenhague, la prometida lucha a fondo de Obama en favor de una política que ataque las causas del calentamiento global terminó en un compromiso tan limitado que resultó un triunfo del statu quo. En América Latina, Venezuela o Cuba no consideraron suficientes o adecuadas las ofertas norteamericanas para cambiar el tono áspero de su relación. En Washington ganarán los republicanos que obligaron a Obama a contemporizar con los golpistas de Honduras. Realmente sólo en el caso de la inesperada e increíble tragedia de Haití, una situación donde no hay resistencia de intereses creados, Obama ha podido moverse con rapidez y decisión para no repetir errores como los de Nueva Orleans en 2005.
México
En nuestro país la voluntad de cambio político se dejó sentir de manera vigorosa pero limitada en 1968, luego se amplió con los episodios de insurgencia electoral de los 1980, la rebelión indígena de 1994 y finalmente con la votación del 2000, donde la oposición al régimen autoritario logró, en su conjunto, el respaldo del 60 por ciento de los electores. Sin embargo, el cambio no se dio y, en términos relativos, el poder de las inercias resultó tan fuerte como en Estados Unidos aunque con efectos más negativos.
En el caso mexicano las inercias se impusieron como resultado de una combinación de factores: el carácter conservador de la oposición que llegó a "Los Pinos" combinado con su inexperiencia, ineptitud y baja calidad moral, la ausencia de un auténtico proyecto de transformación de las instituciones y prácticas existentes, la ausencia de una mayoría en el Congreso y, finalmente, la persistencia del control del PRI en más de la mitad de los estados. La combinación anterior desembocó en un proceso donde muy pronto las inercias conservadoras se posicionaron como las fuerzas dominantes del proceso político. Así, un cambio político al que inicialmente se calificó de nuevo régimen, en muy poco tiempo empezó a asemejarse más y más a lo antiguo. Las condiciones en que tuvieron lugar las siguientes elecciones presidenciales, las de 2006, dejaron en claro que el "espíritu del 88" no había muerto: el triunfo de la derecha "a como dé lugar" se presentó como indispensable para impedir el triunfo de un "peligro para México", algo muy similar a los llamados "fraudes patrióticos" de los 1980. Si entre 1988 y 2000 funcionó como explicación del proceso político la "concertacesión" entre el PRI y el PAN, del 2001 al presente el mismo papel lo ha jugado la "concertacesión" entre el PAN y el PRI. Hoy ya no hay "partido de Estado" a nivel nacional, pero sigue habiéndolo a nivel estatal en un buen número de entidades y cuyos ejemplos conspicuos son Oaxaca, Puebla, Veracruz o el estado de México.
A partir de 1977 la Presidencia de la República dejó de ser el origen de las iniciativas y decisiones importantes de la política mexicana. Un gran cambio, sin duda, pero que no ha implicado que se altere el carácter oligárquico de la sociedad mexicana. Al contrario, tal carácter se acentuó. Hoy es aún mayor la capacidad de acción de las grandes concentraciones económicas, de los llamados "poderes fácticos", y por eso la injusta concentración del ingreso del viejo autoritarismo se mantiene intacta en el "nuevo régimen". El tráfico de influencias y la corrupción no se han abatido sino que siguen siendo factores centrales en la explicación de por qué México se encuentra donde hoy se encuentra.
La Suprema Corte es hoy un poder que antes no era, pero el carácter de la impartición de la justicia -¿o debe decirse injusticia?- no es mejor que antaño. El crecimiento de la inseguridad, que venía de atrás, simplemente se ha acelerado. La multitud de policías ha modificado su nombre, pero su ineficacia es similar a la del pasado. El ciudadano vive tan o más desprotegido que antes y el crimen organizado marca de manera brutal la vida cotidiana de Ciudad Juárez y de muchos otros lugares del país.
La soberanía de México fue siempre relativa, pero a partir de la implantación del modelo neoliberal la independencia frente a Estados Unidos se debilitó aún más. Esa característica no cambió con el 2000 sino que se agravó porque se perdió lo que quedaba del "proyecto nacional".
En suma
En México el anhelo de cambio político, económico, social y cultural persiste, pero el país no ha corrido con suerte para lograrlo con la amplitud y la profundidad requerida. La energía para el cambio acumulada y que llevó al 2000 se desperdició y hoy la ausencia de cambio juega en favor de las fuerzas del statu quo. En fin, que ese añejo adversario, las inercias, auxiliadas por la falta de calidad de los gobernantes, sigue controlando nuestra vida colectiva.
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Puede que no, pero quizá sí
¿Podrán nuestras débiles instituciones conducir por la vía pacífica y constructiva un agravio social creciente?
Lo más seguro es... que no se sabe
La pregunta ha sido formulada ad nauseam: ¿habrá un nuevo estallido social en México en el 2010 coincidiendo con el bicentenario y el centenario del inicio de dos grandes rebeliones? Desde luego que no hay forma de saberlo. Las capacidades de predicción de las ciencias sociales son mínimas. No obstante, no es ocioso formular la pregunta e intentar ahondar en temas centrales de nuestra realidad.
En el número especial de la revista británica The Economist titulado "The World in 2010", Laza Kekic, de la Unidad de Inteligencia de ese semanario (EIU), intenta dar forma a una visión global centrada en las posibilidades o niveles de riesgo de estallidos sociales como resultado de la crisis económica global y de su impacto en los niveles de empleo. Con alivio, Kekic observa que hoy no se han materializado los temores expresados a inicios del 2009 por el director de Inteligencia Nacional de Estados Unidos, almirante Dennis Blair, en el sentido de que el deterioro de la economía global podría llevar al mundo a una inestabilidad política generalizada y que ésta podría convertirse en el principal problema de seguridad a corto plazo para Washington.
Sin embargo, el futurólogo de The Economist advierte que la relativa estabilidad política que ha mantenido el conjunto de miembros del sistema mundial bien pudiera ser la calma que precede a la tormenta, pues en amplias zonas del planeta aumentan el desempleo, los precios de los alimentos, la pobreza, la desigualdad social y el debilitamiento de las clases medias. Y justo en tan difícil coyuntura, ya no se puede seguir con el relajamiento de las políticas fiscales que tuvo lugar en muchos países para alentar sus economías -algo que, por cierto, no se dio en México- y, por tanto, la futura austeridad del gasto público va a ser un factor más de descontento social.
La experiencia histórica, advierte Kekic, muestra el frecuente desfase entre las crisis económicas y sus efectos sociales y políticos. Estos efectos tardan en manifestarse, especialmente porque al inicio de la recuperación del PIB no le sigue automáticamente la del empleo. Es más, aún y cuando otros indicadores económicos mejoren, el desempleo puede aumentar. En lo político suele ocurrir algo semejante: el descontento generado por el deterioro de las condiciones materiales de vida puede no traducirse de inmediato en protestas callejeras, golpes de Estado o triunfo de la oposición, pero con el correr del tiempo la sociedad tiende a pasar la factura política de su descontento.
En las predicciones de la EIU hay cuatro categorías de países de acuerdo a los indicadores de "riesgo de descontento social": muy alto, alto, mediano y bajo. En nuestro continente, Estados Unidos, Canadá, Brasil, Cuba, Uruguay y Costa Rica son los únicos donde las probabilidades de que sean escenario de problemas sociales como producto de la crisis económica mundial son pocas. Chile, Colombia y Paraguay son clasificados como países de riesgo mediano; en contraste, Bolivia y Ecuador son designados países de alto riesgo de "combustión social". México y el resto de la región caen en la categoría de países con riesgo de inconformidad social alto, es decir, que igual pueden mantener su estabilidad que perderla. ¡Vaya entorno para conmemorar centenarios y bicentenarios!
Otro elemento de juicio
En un análisis clásico de las revoluciones, aparecido hace más de 70 años (The Anatomy of Revolution, [Nueva York: Norton, 1938]), Clarence Brinton elaboró una hipótesis que sigue siendo muy sugerente: en los momentos más difíciles de una depresión, los más afectados -las mayorías- no tienen energía más que para luchar por sobrevivir, no para protestar. De ocurrir, los estallidos de rebelión en contra del orden establecido vienen después, cuando lo peor ya pasó. Ese tipo de generalización cuadra bien con la explicación de revoluciones como la francesa o la cubana e incluso con las dos rebeliones que se conmemoran hoy en México: las de 1810 y 1910, aunque ya no tanto con la revolución bolchevique. Como sea, del análisis de Brinton se desprende que, por ahora, el grueso de los ciudadanos mexicanos estará más preocupado por capear el temporal que por ajustar cuentas con sus dirigentes. En todo caso será en la coyuntura de una próxima recuperación cuando es más fácil que se materialice el descontento acumulado. Por tanto, si las elecciones de 2012 o algunas de las locales que vienen antes se llevan a cabo de una forma y en un ambiente como el del 2006, se estaría jugando con fuego.
El elemento moral
Hasta aquí se han subrayado elementos materiales, relativamente objetivos, pero en los estallidos sociales también entra el componente moral o, más específicamente, eso que E. P. Thompson llamó "la economía moral" en su estudio clásico, "The Moral Economy of the English Crowd in the Eighteenth Century" (Customs in Common, Nueva York: The New York Press, 1991). Se trata de esa "idea basada en un consenso comunitario popular sobre qué prácticas eran legítimas y cuáles ilegítimas" en la relación entre las clases pobres y sus precarias formas de vida. Desde esta perspectiva, el sentimiento de injusticia originado por variaciones agudas en los precios de bienes de consumo popular, por la carestía o por el empeoramiento de las condiciones de trabajo es elemento central en la explicación de motines u otras formas de descontento social, algo que Barrington Moore ya exploró en el caso de los trabajadores alemanes en Injustice: The Social Bases of Obedience and Revolt (White Plains, N.Y.: M. E. Sharpe, 1978).
Un historiador norteamericano especializado en temas mexicanos, John Tutino, ha estudiado los levantamientos campesinos que han tenido lugar en México desde el inicio del movimiento de Independencia hasta los años del cardenismo. Su conclusión es que entre 1810 y 1930 las insurrecciones agrarias se volvieron tan comunes en nuestro país que su existencia y desarrollo influyeron de manera decisiva en la conformación del México moderno (De la insurrección a la revolución en México. Las bases sociales de la violencia agraria, 1750-1940 [México: Era, 1990], p. 9). Ahora bien, un componente central de esos estallidos campesinos fue la existencia de un sentimiento de injusticia que dio por resultado eso que Moore llamó una "indignación moral políticamente efectiva".
Antes de 1810 no era frecuente que las clases subordinadas interpretaran su condición como producto de acciones humanas y asignaran culpas a instituciones o personas con nombres y apellidos y se rebelaran contra ellas. Hasta entonces, esa parte mayoritaria de la sociedad se explicaba su miserable situación como parte de un orden predeterminado por fuerzas más allá de lo humano -por la voluntad de Dios. Sin embargo, en 1810 el llamado a las masas de un cura criollo -de un hombre de Dios y de "los que mandan"-, apoyado por militares criollos para enfrentarse al "mal gobierno", fue decisivo para que un buen número de indios y mestizos de El Bajío -región agrícola y minera próspera y cambiante- dejara su pasividad y se llenara de una "indignación moral políticamente efectiva".
Para 1910, México contaba ya con un siglo de movimientos de protesta, rebeliones y guerras civiles. En esa circunstancia resultó más explicable que una parte de las clases populares y medias aceptaran la propuesta de los antirreeleccionistas de hacer responsables de su precaria condición a quienes desde hacía un buen número de años acaparaban los puestos de mando y privilegio: jefes políticos, gobernadores, secretarios de Estado y, finalmente, al propio Presidente, a Porfirio Díaz. El agravio de la mayoría miserable frente a la espléndida vida de la oligarquía porfirista fue relativamente fácil de formular, pero el transformarlo en acción política e insurrección requirió de fisuras entre las elites así como que Madero -un miembro de los grupos adinerados- actuara como el catalizador que animó a líderes populares -Pascual Orozco o Francisco Villa- y sus seguidores a arriesgarse a plantar cara a la dictadura.
Hoy
En el México de hoy, se puede detectar la existencia de un sentimiento generalizado de agravio frente a los dirigentes políticos y económicos. Los responsables de la catástrofe económica, social y, finalmente, moral del país tienen rostro, nombre y apellido. La cuestión a dilucidar es saber si un entramado institucional tan débil y corrupto, como es el nuestro, va a tener la capacidad de conducir por la vía pacífica y constructiva ese agravio, ese sentido de injusticia, sobre todo cuando lo peor de la depresión económica realmente haya pasado. Ésa es nuestra gran incógnita.
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Hasta en los ceros hay clases
Si hay alguien que debe obsesionarse por ir en busca del tiempo perdido -y encontrarlo-, es México
Hay de ceros a ceros
En un artículo reciente, el premio Nobel de economía 2008, el norteamericano Paul Krugman, se dolía porque, desde el punto de vista económico, al último decenio norteamericano ya se le podía dar por perdido. Para Krugman, estos 10 últimos años deberían entrar en la historia norteamericana como "El gran cero" (The New York Times, 28 de diciembre, 2009). Pues bien, ya somos por lo menos dos, pues para tiempo perdido, en México nos pintamos solos. Nuestro cero es hoy más, mucho más grande, que el norteamericano, pues no sólo se ha perdido el tiempo y las oportunidades en lo económico sino también en lo social y en lo político.
Para Krugman, los indicadores respecto de su país son tan claros como deprimentes. Por lo que hace a creación de empleo: cero (en realidad, el empleo en el sector privado es hoy menor que en el 2000). El ingreso familiar típico a precios constantes no sólo no creció sino disminuyó, y lo mismo pasó con el mercado accionario y con el precio de las viviendas, pues actualmente los propietarios con hipotecas deben más de lo que valen sus casas.
Nuestro tiempo perdido
Si en la misma línea de Krugman, en México nos ponemos a considerar lo que ha sucedido en los dos últimos siglos -y este año de bicentenario y centenario casi obliga a ello- nos daremos cuenta de que las pérdidas de tiempo histórico han sido varias y que eso explica, al menos parcialmente, nuestro subdesarrollo. Para empezar, están los dos decenios de lucha civil que implicaron la Independencia y la Revolución en el segundo decenio de cada uno de los dos últimos siglos. También hay que incluir al periodo que abarca del primero al segundo imperio en el siglo XIX, pues se trata de un tiempo caótico y en buena medida desperdiciado. Pero hay pérdidas más recientes y que, en comparación con las pasadas, son cada vez menos justificables.
Los críticos conservadores de Luis Echeverría y de José López Portillo llamaron a los dos sexenios que ambos presidieron "La docena perdida", pese a que desde el punto de vista de los indicadores económicos, especialmente del PIB, la mayoría no fueron tan malos años. La derecha empresarial fue particularmente dura con ese par de presidentes que cerraron lo que podemos llamar "el ciclo post revolucionario" de México. Desde ese ángulo, se les criticó su fin de sexenio y en general su "populismo", el no haber sido más duros con los opositores de izquierda -el empresariado regiomontano culpó públicamente a Echeverría por el intento de secuestro que le costó la vida a Eugenio Garza Sada en 1973, y que se atribuyó a la Liga Comunista 23 de septiembre. Desde esa perspectiva, se les reprochó a los dos presidentes la ineficacia del "Estado obeso" que ambos alimentaron a costa de un incremento de la deuda pública externa, su contribución a la inflación y también se les reprochó por criticar de manera indirecta a Estados Unidos y mantener una buena relación con la Cuba castrista. Desde la izquierda, la mirada resultó también severa, pero menos por ver esos dos sexenios como económicamente perdidos y más por la persistencia del autoritarismo, de la represión y de la corrupción.
Lo que siguió a la debacle económica de 1982 sí puede ser calificado como tiempo perdido por un sector mayor de la sociedad mexicana que tuvo que vivir con un salario que perdió poder de compra (desde entonces la parte del PIB correspondiente a los salarios empezó a disminuir de manera sistemática en beneficio del capital).
Desde la óptica del empresariado, la situación resultó contradictoria, pues si bien los pequeños y medianos empresarios sufrieron con las reformas neoliberales iniciadas a partir de 1984-1985 y radicalizadas durante los sexenios de Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, otros, los sobrevivientes y grandes, se beneficiaron. Las privatizaciones y la liberalización comercial fueron y son bien vistas por aquellos grupos, nacionales y extranjeros, que se beneficiaron con ellas y que hoy constituyen la columna vertebral del capitalismo en México (que no necesariamente mexicano). Estas grandes concentraciones de capital siguen pugnando por lograr que el Estado amplíe los espacios para el capital privado en los últimos reductos de la gran empresa estatal: el petróleo y la generación de energía eléctrica. Para ellos el tiempo perdido es el que tardan Pemex y la CFE en privatizarse.
La "reforma estructural" que prometió el neoliberalismo autoritario de Carlos Salinas y sus tecnócratas se topó con el desastre de 1995 y su principal producto: el Fobaproa; todo México pagó los platos rotos del mal manejo de la economía. Como un resultado de lo anterior se volvió a materializar la insurgencia electoral y esa vez sí logró sacar al PRI de Los Pinos. Con gran optimismo, muchos aceptaron la premisa del ganador de la elección de julio del 2000: con la democracia política encabezada por el PAN se pondría freno a la irresponsabilidad económica, a la demagogia y a la corrupción pública. Con un sector público encabezado por empresarios acostumbrados a la lógica del mercado y muy conocedores de nuestro gran socio comercial, Estados Unidos, el retorno del crecimiento económico casi estaba asegurado.
No fue así, no crecimos y el tiempo se volvió a perder. La corrupción siguió sin mostrar abatimiento. La supuesta lógica empresarial no fue otra cosa que el arraigo de eso que se ha llamado el capitalismo entre amigos (crony capitalism). Una consecuencia de ese tipo de arreglos entre las cúpulas política y económica fue la persistencia de las prácticas monopólicas y un retroceso significativo en la competitividad del país (en esta materia, México cayó al lugar 60 entre 132 países). La maldición de la petrolización se acentuó. El régimen panista en vez de intentar la reforma fiscal pospuesta desde los 1960 simplemente empleó los recursos petroleros para financiar el gasto corriente -¡el 40 por ciento!- y no molestar a nadie con una reestructuración del esquema impositivo. Al final de cuentas, el no hacer nada, el dejar que las inercias fueran las que dirigieran al país, llevó a que el principal indicador económico, el PIB, creciera en promedio anual en los últimos 10 años un magro 1.6 por ciento. Y si a esa cifra se le descuenta el crecimiento demográfico, entonces resulta que el crecimiento real promedio fue menor al 1 por ciento anual: el peor de América Latina.
El crecimiento económico por sí mismo no tiene mucho sentido, lo importante en México es asociar la producción de bienes y servicios con el bienestar y la equidad. Y es aquí donde la pérdida de oportunidades adquiere su mayor significado: el empleo formal ha disminuido (un indicador: en 16 carreras universitarias, en promedio sólo dos de cada 10 egresados han encontrado empleo en su área de especialidad, El Universal, 1o. de enero), la migración legal e ilegal a Estados Unidos creció al punto de convertirse, junto con la economía informal, en la válvula de escape que aminoró el estallido social, pero un país que tiene que depender de esos factores para mantener una estabilidad precaria no va por buen camino.
Los indicadores de pobreza nos cuentan que el tiempo ha corrido y la solución de nuestro gran problema social -histórico- sigue eludiéndonos. De acuerdo con las cifras de la Secretaría de Hacienda, los recursos para combatir la pobreza se han casi quintuplicado entre el 2000 y el 2009, pero el resultado no ha correspondido en absoluto a ese aumento. Según cifras de CEPAL, la proporción de mexicanos que viven en algún tipo de pobreza ha pasado de representar el 53 por ciento en 1992 a 47.4 por ciento en 2008. Para este inicio de 2010, y por los duros efectos de la crisis económica, la CEPAL calculó que la proporción de pobres superará el 50 por ciento, es decir, casi seguimos donde estábamos.
Por todo lo anterior y otros factores más, a pocos debe de extrañar que en México el apoyo al sistema democrático no haya aumentado sino bajado. De acuerdo con Latinobarómetro, entre 1996 y 2009, el apoyo a la democracia en nuestro país disminuyó en 9 puntos. El desencanto y la frustración con la vida pública es la nota dominante en México.
Una recomendación que nosotros no podemos aceptar
Los norteamericanos, con su maltrecha pero enorme economía, quizá se pueden dar el lujo de hacer lo que propone Krugman: olvidar el decenio pasado y confiar en que el próximo sea mejor. Nosotros los mexicanos ni eso podemos hacer, pues en términos relativos hemos perdido más y por más tiempo. Olvidar y confiar no serían solución sino todo lo contrario: hay que identificar los errores, las estrategias fallidas y a los responsables para luego actuar en consecuencia. Eso le debemos al 1810 y al 1910 y hay que pagarlo.
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